En el fondo la culpa es nuestra por haberles recordado a los muchachos del Congreso que su función iba más allá de levantar la mano cada vez que llamaban por teléfono desde Balcarce 50. Tan en serio se han tomado sus labores después del asuntito de los derechos de exportación, que ahora preocupa que por exceso de entusiasmo hagan igual o mayor daño que cuando dedicaban las tardes a dormir alegremente la mona.
Resulta que, puestos a justificar el sueldo, a los señores legisladores no se les ha ocurrido mejor idea que meterse a regular el sistema de medicina prepaga. Dicen que el problema es que los empresarios del sector suben las cuotas cuando se les canta, no admiten a vejetes achacosos y ponen los mil y un reparos antes de poner la tarasca para hacerle una cirugía a la señora de algún diputado. Y la verdad, tienen razón: el sistema dista de ser perfecto. Pero un minuto… ¿hay acaso algo perfecto en este mundo?
La cosa es que el sistema viene funcionando solito desde hace más de cincuenta años sin que el ingenio del gobierno haya interferido demasiado. La onda era que cualquiera podía ponerse una empresa de medicina prepaga porque no había ley alguna que dijera quien podía hacerlo y quien no. Y entonces la cuestión dió para todo: desde el chantapufi que ponía a la jermu a sonreir tarjetita en mano en las publicidades para atraer la clientela (soslayando que bien fulera era la rubia), hasta profesionales muy respetables que se tomaron la cosa y empezaron a brindar un excelente servicio a precios más o menos razonables. La gente, que no es tonta al momento de ver donde pone la platita, consagró a los mejores y excluyó a los peorcitos ensayo y error mediante. Como resultado, ahora tenemos un sistema que anda medianamente bien, lo cual no es poco en un país en el que todo anda medianamente mal. Sin que ningún señor con escritorio y bandera de fondo lo decida, existe un sistema privado que suple, en la medida de lo posible y para quien pueda pagarlo (que es bastante gente, porque hay oferta para todos los gustos) las muchas fallas de los hospitales y salitas públicas. Me atrevería a decir que, gracias a la existencia de las prepagas (y justo es decirlo, también gracias a los hospitales públicos y las obras sociales sindicales) por estos pagos el acceso a la cobertura de salud es, salvando las distancias, hasta mejor que en Yanquilandia, donde los gringos tienen que vender el auto cada vez que visitan al dentista.
Si algo anda bien sin que ande metida la mano del Estado… ¿por qué mejor no lo dejamos así como está? La libertad no es mala, y menos cuando no existen pruebas de que se haya convertido en libertinaje. Hasta las obras sociales sindicales empezaron a funcionar mucho mejor cuando se permitió a los trabajadores que elijan libremente donde afiliarse. Ahora que hay que laburar duro para conseguir clientes, los sindicatos más piolas construyen clínicas que poco tienen que envidiarle a la Suizo Argentina.
Pero no, para la gente de Entre Ríos y Rivadavia (y supongo que también para los de la Rosada que les soplan la letra al oído) es menester establecer la felicidad plena por ley, sin reparar en que alguien deberá correr con los costos. Es muy lindo que nadie tenga que sufrir los aumentos de las cuotas (a menos que un funcionario lo habilite, lo cual genera una maravillosa oportunidad para ponerle precio a la firma), pero si no se pueden ajustar los precios a las fluctuaciones de los costos y la demanda, lo más probable es que los empresarios del sector empiecen a achicar los gastos empeorando el servicio, o directamente inviertan la plata en otra cosa más redituable, como plantar repollos en Mongolia o apostársela a una “fija” en Palermo. Lo mismo podemos decir de tantas otras buenas intenciones del proyecto de ley en danza, que tarde o temprano alguien pagará con mayores cuotas o peores prestaciones. ¿No escucharon nunca los amigos legisladores que el camino al Infierno está empedrado de buenas intenciones?
Para complicar aún más el merengue, al ritmo de la regulación de las prepagas también se quieren sumar nuevos costos al sistema de salud, dándole el gusto al televisivo Cormillot de que todos los que sufren “esos molestos kilitos de más” puedan acudir raudos a sus clínicas cargándole el costo del tratamiento incluso a esos flacos escuálidos que se pasan los días mascando apio y tomando agua mineral sin gas. No digo que la obesidad no sea una enfermedad, y en algunos casos grave. La pregunta es, ¿tenemos que hacernos cargo entre todos, de todas las enfermedades ajenas? Porque el día de mañana los fabricantes del afamado shampoo “Triatop” nos van a convencer que la caspa también es una enfermedad… y entonces se van a hacer el veranito cobrándonos a todos lo que sólo van a usar unos pocos. No quiero ser mala persona y admito que algunos casos particularmente graves de obesidad puedan ser cubiertos por las prepagas y obras sociales… pero ojo porque, como están planteando las cosas, la mayor solidaridad de la ley va a ser la de los que no son gorditos para con las cuentas bancarias del dietólogo de la tele.
En definitiva… ¿por qué no nos dejamos de embromar un poco con la idea de tener a todo el mundo contento por ley? Dejemos que las cosas funcionen como lo venían haciendo hasta ahora, sin exceso de “mano visible” del Estado en algunos asuntos, que el resultado no será perfecto pero tampoco es tan malo. Si los legisladores y funcionarios quieren hacer algo realmente bueno por la salud de los argentinitos y argentinitas más desfavorecidos, les sugiero por ejemplo que dejen de poner los morlacos de todos en subsidiarle los viajes en avión a los ricachones que pululan a lo largo y ancho de esta tierra generosa, y los dediquen a mejorar los servicios de los hospitales públicos, que bien falta que les hace.
Al final el problema es haberse tomado demasiado a pecho ese simpático lema de las huestes del General, según el cual “donde hay una necesidad hay un derecho”, olvidando que las necesidades humanas son infinitas y los recursos para asegurar derechos son esencialmente limitados. O peor aún: si a cada derecho corresponde una obligación y los derechos son infinitos como las necesidades, las obligaciones también lo serán. ¿Alguien quiere realmente vivir así?
Septiembre 16th, 2008 a las 8:14 pm
Mejor que cada uno publique con su usuario, no? asi sabemos quién lo escribió.
salu2